Para triunfar en la batalla cultural, cualquiera que esta sea, es necesario, por sobre todo, establecer las ideas y valores que queremos preservar y aquellos a los que hemos de combatir. El trabajo del enemigo no es convencernos de una postura concreta, pues sabe que el pensamiento, aun desencaminado, es virtud del alma. Por el contrario, su trabajo es engañarnos, haciéndonos creer que cualquier cosa puede ser buena o mala a nuestro criterio. Porque cuando todo puede ser bueno o malo, justo o injusto, nada lo es.
Una de sus grandes proezas ha llegado de la mano de los derechos humanos. Actualmente, tenemos derecho prácticamente a todo lo que nuestra imaginación pueda crear, y es normal pensar que está bien. Hasta tal punto ha llegado el alcance de los “derechos humanos” que las nuevas tendencias del derecho están saturadas de académicos discutiendo sobre los derechos de las reservas naturales, los animales, o lo que esté de moda.Para explicar porque aquello es malo, es necesario volver a la definición esencial del derecho. El derecho no es sino la facultad de exigir respecto de otro el cumplimiento de una obligación. Así, el que vendió su casa tiene derecho al pago del precio.
En el mismo sentido conceptual, los derechos fundamentales, son aquellas prerrogativas que todo ser humano, por el simple hecho de ser humano, puede exigir respecto de otro.
Bajo esta premisa, solo existen tres derechos fundamentales, el derecho a la vida, el derecho a la libertad y el derecho a la propiedad. ¿La razón? Estos derechos cumplen dos características especiales, la primera es que las obligaciones que surgen de esos derechos son prestaciones de no hacer. En otros términos, la forma en cómo se protege la vida es “No matando”, como se protege la libertad es “No coactando” y como se protege la propiedad es “No robando”. Al final, su cumplimiento no exige respecto de los demás ningún costo económico.
La segunda es que el cumplimiento de los deberes correlativos a cada derecho no vulnera los demás derechos, de tal suerte que quien protege el derecho a la propiedad debe proteger la libertad, porque la primera propiedad es la propiedad sobre la voluntad y pensamiento libre; y quien protege la libertad o la propiedad, inexorablemente deberá proteger la vida, pues es aquella la que les da origen.
¿Qué ocurre entonces cuando el Estado declara que sus ciudadanos tienen derechos distintos a la vida, libertad y propiedad? La tesis es clara, el Estado no crea derechos, los quita bajo el eslogan “Interés común”.
Cada vez que el Estado dice crear mágicamente un derecho, crea también la obligación de satisfacer ese derecho. ¿Por qué querría el Estado crearse obligaciones? Respuesta corta, entre más obligaciones tenga, más impuestos debe recaudar para cumplirlas, y siendo su interés económico principal el de recaudar más impuestos, la creación desmedida de derechos es un incentivo muy fructífero.
Los impuestos, desprovistos de las justificaciones legales o morales de turno, son prácticamente indistinguibles del robo, pues obligan a los ciudadanos a dar parte del dinero que es fruto de su esfuerzo y trabajo, en perjuicio de su derecho a la propiedad y les impiden coactivamente abstenerse de pagarlos, en perjuicio de su derecho a la libertad.
Adiciónese a impuestos más altos, que la creación de cualquier derecho viene acompañada de regulaciones, sin extenderme en el argumento, las regulaciones, cualesquiera que estas sean, son un límite a la libertad individual, pues restringen el principio constitucional según el cual las personas pueden hacer todo lo que no les está prohibido.
Los derechos son entonces la herramienta más noble y políticamente correcta creada para legitimar el cobro de impuestos más altos y limitar la libertad y propiedad de las personas.
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